Páginas vistas en total

jueves, 28 de diciembre de 2017

Por siempre...



Siendo cabal, honesto conmigo mismo, he de rendirme y susurrarte que, eternamente seguiré siendo uno de los tuyos, de los de abajo, de los que miman tus andares, de los que pasean tu dolor a compás de tus sollozos, de tus pesares…
 Y es que un instante, un suspiro, un abrir y cerrar de ojos frente a Ti me bastó para, sin dejar de estremecerme, trajinar el alma al desván de mis recuerdos, de mis anhelos y rebuscar mis zapatillas rendidas de promesas, arrebujadas en racheos para arrullarlas contra mi pecho con la pasión de añejos y soñados compases costaleros.
Y todo por simplemente sentir, percibir, descorrer los pestillos de mis sentimientos y presentir el dulce ademan de tu rostro al desempolvar frente a Ti el costal de mis esperanzas, de mis dolores, de mis promesas mudadas en chicotas  jamás arrinconadas.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Él es la verdad



Descuidaste la portezuela de tu recatada capilla dejándola entornada, y creo que la olvidaste de tal manera a sabiendas… sólo alcanzaba a vislumbrarte en la negrura de sus adentros, más el rumor de tu silencio obró que ese resquicio de par en par se descosiera, empujándome a guarecerme a tus pies, al amparo de tus favores. Sobrecogido y poco menos que de puntillas cedí  a Tu invitación, sentándome, eso sí, en uno de los últimos bancos. Ya tendríamos tiempo de ir cogiendo más confianza.
No entreveía cabalmente lo que iba a susurrarte. En absoluto intuía lo que Tú me responderías, así que dejé que el silencio se adueñara de nuestro encuentro; de esta forma comencé a observarlo todo: observé tus bancos, tu altar, tu colosal paso; contemplé tus llagas, tus pies, tu cara... hasta que mis sentidos acamparon en tu poderosa gracia, erigiéndote, a partir de aquel sempiterno instante, en el fanal que maneja y encauza la huella de mis trancos cuando en las lindes de mi existencia se vislumbran tempestades.
De esta suerte fue como nuestro sueño principió, velada y templadamente. Una semblanza en donde las emociones, las ternuras y los amores se rebuscan y la retórica de los gongorismos huelgan. 
Para sentir al alma pellizcar en lo más íntimo del corazón, uno necesita, ha de amparar al sigilo, a ese secreto de cada uno que es el silencio… eso percibí estando cerca de Ti esa primera vez.  
Y es que… para arremangarse las entrañas, sin más, con tenerte enfrente basta.
Y es que serás Tú quien cada tarde de Viernes surques un mar de barruntos, de plegarias que te clamarán cuando cruces los portones de tu Ermita, oratorio sin igual, para convertirte, como cada Viernes Santo, en Amor por los Remedios, en pasión de tus hermanos. Irán a tu encuentro tus chiquillos, alborozarán tus mayores, tu cuadrilla bregará bajo tus sublimes plantas como en la vida, se arrimarán los veedores, los hermanos bruñirán su regocijo acicalado de saber al dedillo qué, por unos momentos, están custodiando lo más excelso, lo más grande que Dios les ha entregado,... todos por Ti, para Ti. Y yo... De esta suerte, yo iré a tu encuentro en  cada rincón, en cada vuelta, en cada esquina que esencies con tu sola presencia, me pegaré a Ti y te contemplaré de mil maneras, y de mil modos originales  a través de mi lente en una simple pantalla te plasmaré, atesorando el sigilo, revestido de silencio para que nuestras almas furtivamente susurren sus verdades.
Pronto, cuando pares el tiempo alargando tu andar por plazas, callejuelas y pasajes, te abrazaré con la Ciudad Real más cofrade, con esa que razona, que concibe y siente que los trajines  que se paren en la hondura de la humildad, del apego y la ternura son las cosas que en verdad vale la pena sentir.
Salgan a su encuentro por los Remedios, por la Merced o llegando al Prado, o contémplenlo cuando regresa a su barrio. Más… sin otra cosa, una pretensión os intimo… si os arrimáis a su seráfica estancia actuar de la guisa más humilde, más afable, más tierna, con el mutismo que se vuelve silencio y abandonaros al arrebato, al pasmo de sus ojos que de un instante a otro parecen entreabiertos. Si tú, no sientes pellizcos en tus adentros y un nudo que  se desboca para convertirse en ahogado sollozo, es que no eres cofrade en esta ciudad de los desprecios.

martes, 2 de mayo de 2017

Sentir, vivir...



Es en algunos de esos momentos tocados por la gracia, por la emoción, por la sensibilidad, en los que el cofrade se arrebuja para que el soplo de Dios descosa los llantos agolpados… Y ha llegado este año,  en el que yo he llorado, y así, mi espíritu confortara sus más íntimos adentros.
En ese arrebatador momento en que el fervor, la plegaria no alcanza a remendar los descosidos, ya zurcidos, de las entretelas del alma; en esos momentos en los que la voz se apaga y la emoción aviva los repizcos que ponen en vilo al corazón… Cuando entreveía mi paso por esta vida al vislumbrar como un palio por la esquina de una plaza surgía, su mecida, su son me guiñaban de su carita la luz y se marchaba, trasera de categoría, maneras percheleras de querer a María, erizándome la piel y pellizcándome en lo más hondo de mí ser.  
Anhelé esconder el silencio, encontrarme con Dios, ese que siempre ha estado velando el cabecero desgastado de una vieja alcoba y descubrirme en cualquier bocacalle con la gracia del aliento de su boato, repujando quejidos al amparo de los requiebros desvelados de mi mirada.
Pretendí regresar a mi infancia y descubrirme entre el gentío, expiar los ofrecimientos revestidos de promesas al acariciar con mis labios una estampa de su divina belleza.
Esos lloros que rociaron mi cara el domingo en que el Señor del Amor quebró el halo de su ermita, todavía resuenan en mis labios y en el alma y en sus honduras; los que una Madre en Soledad vislumbró en mis pupilas entre varales y calas perfumando el aire en inigualables fanales, prueban que la Madre de Dios de ningún modo me abandonará en este valle de inquietudes y ansiedades; y ante el Señor de las Penas –camino del Carmen-, descubrí al pie de la letra lo que era romperse, conmoverse sin poder remediarlo.
Sobrevinieron muchas lágrimas más. Y no reniego de los sollozos…. Clamaría por revivir cada pellizco clavado en el alma nuevamente… Unos vivían conmigo, otros, inesperados eran dejados... pero unos y otros fueron vitales, inseparables.
 Me prestaron, me transmitieron aliento, fe cuando la vida me descuidaba.
 Sentir, vivir, llorar la Semana de nuestras pasiones, de nuestros amores, de nuestros fervores…la sensibilidad que evangeliza en nuestras calles.